« Antonio Otero Seco (1905-1970)»,


in : Antonio Otero Seco, Ecrits sur Garcia Lorca dont sa dernière Interview. Edition bilingue. Dessins de Mariano Otero, Rennes, La Part Commune, 2013, pp. 9-40.

 

 

 

« Más que ser o haber sido, lo importante

es el futuro humilde y humanista : Seremos »

 

Antonio Otero Seco, « Carta a Alfredo Palmero, pintor »,

 in : Homenaje a Antonio Otero Seco, p. 110.

 

Allá, por los años 1960, Antonio Otero Seco era lector de español en la Facultad de Letras de Rennes y para muchos estudiantes fue el primer y casi único contacto auténtico y continuo con España, la lengua española y lo hispánico.

            De él se sabía que era un refugiado español, como se solía decir, y se contaba que había sido un periodista republicano, que había entrevistado a García Lorca y que seguía escribiendo para la prensa.

Visto por un estudiante, parecía poco integrado en la universidad, más bien solitario, acudiendo puntualmente a la Facultad, a la que se acercaba con un comedido  balanceo en el andar,  con la punta de los pies ligeramente hacia fuera y el periódico doblado en la mano o metido en el bolsillo de su gabán, y la boina encasquetada. Al llegar al tercer piso del antiguo Seminario, por la empinada escalera privativa de los profesores, se le sentía a veces la falta de aire y un resignado cansancio.

            Llamaba la atención su porte. Alto y delgado, siempre vestía con terno, con un pañuelo metido en el bolsillo superior de la chaqueta, que sacaba y volvía a meter, con el amplio y elegante gesto de una mano de dedos y uñas más bien largas y muy cuidadas que parecía sacada de un cuadro del Greco. Un caballero triste y melancólico. De esta peculiar figura y de su modo de ser, bondadoso y retraído a la vez, con toda la cordial distancia de un hombre ya maduro hacia unos aprendices de hispanistas, más proclives a tratarse con Antonio y Mariano, sus dos hijos pintores, dan cuenta los retratos, que de su padre hizo Mariano Otero por aquellos años.

            De las clases magistrales que impartía (que en otras universidades eran cosa de catedráticos titulares), sobre « El mestizaje en la literatura peruana » y « El liberalismo español », por ejemplo, se conservan unos artesanales policopiados y abundantes apuntes y documentos. A algunos, nos tocaba unas clases casi particulares dictadas en la pequeña biblioteca de la sección de español (una antigua celda de seminarista). Don Antonio —así le llamábamos con respetuosa familiaridad— se dedicaba fundamentalmente a traducir del francés —una lengua de la que nada se le escapaba pero que pronunciaba con un marcado acento español. Cada uno iba traduciendo por turno, dando él la versión correcta –doctamente repetida— con a menudo unas sabrosas digresiones y no pocos chistes que a nosotros nos introdujo en la memoria viva de una España que íbamos a leer en los libros de historia. De su propia historia poco hablaba. ¿Quién llegó a darse cuenta en aquel entonces de la suerte que le tocaba al poder escuchar unas explicaciones de la civilización española o del teatro de Valle Inclán y de Alberti y captar toda su enjundia verbal o su contexto histórico de la voz y mano de quien lo había vivido y había sido testigo y comprometido actor de la República española.

            Murió el 29 de diciembre de 1970  aquel “exiliado sin quejas ni amargura » como escribió Le Monde, el 7 de enero de 1971, con « el sol difunto bajo los párpados » (Albert Bensoussan), y en su definitivo exilio del cementerio del Este de Rennes —muy lejos del de Madrid—, a su familia solo pudieron acompañar unos pocos colegas, algunos jóvenes hispanistas y sus compatriotas.

Sobre la placa que en 1971, en la universidad de Rennes 2, se colocó en la biblioteca de español que en adelante llevaría su nombre, se puede leer : «Antonio Otero Seco. Español, liberal, republicano, nacido en 1905, fue poeta, periodista y crítico literario.  Exiliado en Francia, enseñó el español desde 1952 en esta universidad y murió en 1970 de lejanía y nostalgia ».

Del detalle de lo que había sido y de lo que fue Antonio Otero Seco, solo se empezó a saber después. A raíz de los sucesivos homenajes que la comunidad universitaria quiso rendir a su memoria, pero sobre todo gracias al pertinaz y preciso trabajo de memoria de sus hijos, antes de que los historiadores de la literatura, de la guerra civil y del exilio español empezaran a estudiar su vida y obra, la desdibujada figura del hombre, padre e intelectual fue precisandose y cobrando relevancia y notoriedad.

            El Homenaje a Antonio Otero Seco de 1972, publicado por el Centre d’Etudes Hispaniques  de l’Université de Haute Bretagne permitió descubrir la prestigiosa red de escritores con la que el crítico literario estuvo relacionado: escritores del exilio como Sender, Corrales Egea, Luis Amado-Blanco, Jesús Izcaray y escritores de dentro de España :  Carmen Conde, Ana María Matute, Miguel Delibes, Francisco García Pavón, Angel María de Lera o Camilo José Cela, futuro Premio Nobel de Literatura, quien destacó en Otero Seco al « modelo de intelectual a ultranza, de intelectual que no vivió sino para el buen servicio de la inteligencia siempre apoyada por el arma de la inteligencia ». En aquellas modestas páginas, también quedó revelado el poeta de España lejana  y sola. Antología secreta (1933-1970) con los poemas inéditos de  Viaje al sur (1933), Ausencia, Paréntesis sonriente (1950), Lejanía, Mirada interior, y Con los ojos abiertos, donde se recogen sus poemas a Miguel (Hernández), a don Miguel (Unamuno), a don Antonio (Machado) y, el de 1937,  a Federico García Lorca (“estás ausente pero estás conmigo”, dice el poeta), pero también a su hermana Jacinta y a su madre, muertas en la lejanía, o « A los españoles muertos en el exilio », « con un mapa de España grabado en la pupila ». Algunos se recogerán en la antología de J. et G. Colomer (1980), en la de los poetas españoles « entre memoria y olvido (Peyrègne, 2000) , y luego en la antología poética de la Generación de 1936 (Ruiz Soriano, 2005). 

De lo que para dicho homenaje escribió Victoria Kent, directora de la revista neoyorkina Ibérica, dedicada a los expatriados políticos, se pudieron sacar los primeros datos biográficos sobre quien naciera el 21 de septiembre de 1905 en Cabeza del Buey (Badajoz), y, en tiempos de la dictadura de Primo de Rivera, « puso sus energías y su juventud al servicio de los ideales republicanos que anidaban en los jóvenes espíritus » ;  sobre su actividad periodística y literaria entre 1929 y 1939, su posterior encarcelamiento y condena a muerte por un tribunal franquista por sus actividades durante la República, y el periodo de la clandestinidad hasta 1947, en que, ya refugiado en Francia, vivió modestamente de sus colaboraciones en la prensa, antes de entrar, en 1952,  en el profesorado, en la Universidad de Rennes y en la Escuela Superior de Comercio y el Colegio Literario de Nantes. 

            Con la colección, en 1973, de más de 150 colaboraciones suyas para publicaciones periódicas políticas, generales, literarias y universitarias de Nueva-York, Puerto Rico Santiago de Chile, Bogotá, Guayaquil, Méjico, Buenos Aires, Caracas, y Barcelona, Madrid y París (en Le Monde des Livres), se pudo empezar a reconstruir su pertinaz labor de comentarista de la actualidad francesa y española  pero también su papel de intermediario cultural entre España, Hispanoamérica y Francia, con artículos dedicados a la literatura española contemporánea, la del interior y la del exilio, y a los grandes escritores clásicos de la literatura española : Galdós, Altamira, Machado, Menéndez Pidal, Gómez de la Serna, Juan Ramón, Baroja, Ortega y Gasset, Villalón, Casona, Valle Inclán, León Felipe, Azorín, y García Lorca, recordado en 1947 (« Su palabra era una rueda de fuegos metafóricos, un incesante disparar de flechas brillantes que siempre llegaban al blanco[1]”), y repetidamente después, en varios estudios o reseñas y cartas. Algunas colaboraciones como  « Sobre Valle Inclán y el esperpento », « Recuerdo de García Lorca » o sus « Notas sobre el caciquismo » son cuasi monografías posiblemente relacionadas con su enseñanza en la universidad donde publicó, en 1968, unas « Notas para un vocabulario argótico español de la mala vida[2] », prefiguradoras de un  Diccionario argótico español-francés y francés español que venía preparando.

            Cuando en 2004, en la universidad de Rennes 2 nuevamente se celebró y honró la memoria de Otero Seco, unida ya en la muerte con la que en 1937 le sedujera « con su andar de mujer esbelta », Victorina San José, su esposa[3], dedicándole uno de sus anfiteatros[4] y un espacio , con su retrato, en la Biblioteca Universitaria, ya le estaba reivindicando y recuperando, por fin, su propia tierra : Extremadura y España, a raíz del imparable movimiento de recuperación de la memoria histórica.

            Con los trabajos de Gemma Mañá  (1995),  Mario Martín Gijón (2007, 2008, 2010), Juan Soro Abardía (2007, 2010, 2011) y Francisco Espinosa y Miguel Ángel Lama (2005, 2007, 2008) y la edición por estos de una antología de su obra periodística y literaria[5], empiezan a traslucirse otras facetas de su obra periodística, la publicada en el Madrid republicano entre 1936 y 1939, como « periodista todo terreno », como escriben Espinosa y Lama (2008, I, 15) y cronista del pueblo de Madrid: en Mundo Gráfico, La Voz —fue su enviado especial a los diferentes frentes de la guerra civil—, El Sol, Política  y otros periódicos más militantes. En dichos artículos queda patente su precoz interés por la celebración de los prohombres de la literatura española (Antonio Machado, Unamuno, Miguel (Hernández), frecuentemente acogido en su casa de La Cova, junto a Manises (Valencia) donde nace su primer hijo, Antonio,  en 1938, Federico García Lorca a quien hizo, el 3 de julio de 1936,  la que iba a ser su última entrevista, solo publicada a finales de febrero del 37, y del que recordará la “sonrisa luminosa que le hacía brillar, como un relámpago de nieve, su magnífica dentadura, en contraste con la acusada morenez del rostro »[6]. Pero sus artículos también son un emotivo y perenne homenaje a otras víctimas de la represión o de la guerra : Antonio José, de Martín Manzano, alcalde de Móstoles, Pedro Luis, yuntero de Badajoz, los « Hombres que ven la guerra a diario » o los  « Héroes populares » (Pedro Salas, Miguel y Rafael Sáez, Consuelo Rodríguez y Carmen Giménez, Luis Godoy, pastor de la Serena) y tantos hombres y mujeres sin más notoriedad que la que le da para siempre la pluma del periodista, al estampar su nombre en la plana del periódico.

Un periodista también dedicado a la literatura de combate con  Gavroche en el parapeto (Trincheras de España), publicado en 1937, « ni novela ni reportaje, sencillamente la impresión de unos hombres que han vivido la guerra en las propias trincheras. Nada más”, afirman los co-autores, Elías Palma Ortega y Otero Seco  —de hecho, es la primera « novela de guerra » publicada en la España republicana— , y a la autoficción en la, hasta 2008,  inédita Vida entre paréntesis, el relato de su vida entre el 29 de marzo de 1939 y octubre de 1941.

Su vida pública e íntima después de 1939, no puede quedar resumida por el genérico y frío vocablo : « refugiado español ». Conviene, como para todos los represaliados por el Franquismo, dejar constancia de lo que supuso para él tan aciago periodo, las vicisitudes, angustias y sufrimientos de un hombre y de su familia.

Apresado, acusado de « activísima campaña periodística contra el Movimiento Nacional », de « apología de la causa marxista » y de incitación a la « resistencia armada contra el Ejército Nacional », tras un proceso sumarísimo de urgencia (el n° 33664) representativo de la siniestra farsa judicial franquista queda condenado a treinta años de reclusión mayor —durante largos días vivió, en la cárcel, con la angustia de que la pena de muerte solicitada por la Fiscalía se cumpliera. Unos años después, en 1952, con la colaboración de Elena Dor de la Souchère, relatará este periodo de su vida en un texto anónimo titulado « En las cárceles de España y en la clandestinidad », publicado en Les Temps Modernes (n° 79 y 80) ; una primera versión de Vida entre paréntesis.

En octubre de 1941, sale del Penal de Dueso (Santander) en régimen de libertad condicional que le permite reunirse en Madrid con su esposa Victorina y su primer hijo. En el Madrid de la inmediata post-guerra, donde nacen sus hijos Mariano (1942) e Isabel (1944), consigue sobrevivir con sucesivos empleos y vuelve a escribir: una serie de biografías históricas en Misión (Revista semanal del hogar), bajo el seudónimo Luis Herrera, y tres obras teatrales en verso estrenadas en Madrid y Barcelona a nombre de un amigo suyo no depurado, Manuel Ortega Lopo, además de artículos en un periódico clandestino, Democracia. Controlado y detenido repetidas veces por la policía del régimen por su militancia en una red clandestina  de Resistencia  antifranquista y como « apestado »,  el 10 de marzo de 1947,  cruza la frontera francesa, en una fuga « digna de película »,  vestido de cura. Para las autoridades franquistas, pasa a ser un « fugitivo » y para las francesas un refugiado. Secretario de la Agrupación de Periodistas Españoles en el Exilio, viaja por varios países de Europa (en sus poemas de Paréntesis sonriente se pueden percibir  unos precisos ecos de Dinamarca, Finlandia, Roma, Moscú y Nueva York), trabaja como ebanista, descargador en les Halles, como profesor particular de español, traductor en la ONU y la UNESCO, etc. ; en 1948, contempla la posibilidad de emigrar a Guatemala con su familia.

En 1952, las relaciones establecidas con los hispanistas franceses, como Jean Cassou y muy especialmente su admirado rector Jean Sarrailh (muerto en 1964) con el que pudo compartir solidaridades masónicas, harán que pueda ser nombrado como « lector » de español en la facultad de Letras de Rennes donde, cinco años antes, se había creado una licnciatura de espanol y celebrado, por iniciativa de Josette Blanquat,  un Homenaje a García Lorca. En Rennes (« la ciudad de la niebla, de la quietud y del aburrimiento ») y en Nantes, va a trabajar « como un viajante de filología ». En París a donde viaja a menudo (« el día que yo me muera/que vaya el Sena a mi entierro », pide el poeta) y por el ancho mundo se han quedado sus amistades. Allí en España—« qué triste es decir « allí »! »— se ha quedado su familia (la de Ángel Ortiz, el seudónimo con que tiene que firmar sus cartas) y  hasta 1956, no podrá reunirse con él, en Rennes. Año tras año el docto profesor-periodista va a “procurar mostrar a (sus) alumnos la verdadera fisonomía de España y de sus hombres”,  y, a través de sus colaboraciones en la  prensa, probar que « España es algo más de lo que dice la España de ahora y bastante menos de lo que trata de demostrar ». Un consuelo pudo ser lo que confiesa a su amigo Azcoaga, el 3 de octubre de 1958 :  « Mis alumnos me estiman. Me consultan.  Creen en mí ». Muy tardíamente podrá la universidad francesa reconocer sus méritos elevándole al puesto de « maître-assistant associé » y distinguiéndole con un nombramiento en la orden de las  « Palmes Académiques ».

Pero, para ser feliz,  le falta el suelo —la tierra— y el cielo de España : « Nunca nos acostumbraremos a otros horizontes, por muy parecidos que sean a los nuestros —que es tu caso— y por muy acogedores que sean —que es el mío », le escribe desde Rennes, en 1959,  a su corresponsal bonaerense, Hermenegildo Casas.

            Durante aquellos 23 años de exilio y de vida « tan dura, tan llena de amargor diario, tan pródiga en ceniza »,  Antonio Otero Seco  verá el camino « llenarse de cadáveres », pero seguirá acompañando la resistencia republicana en el exilio, con, en algún momento,  la punzante ilusión,  en 1958, de que quedaba poco para la vuelta a España « en condiciones de dignidad » : « Volveremos a ver el suelo —la tierra— el sol y el cielo de España. Volveremos a servir a España y volveremos a tener un papel en la reconstrucción de España. Tus hijos y los míos continuarán la labor », le escribía en 1958 a Hermenegildo Casas. Pero,  como dijo Luis Amado-Blanco en el Homenaje de 1972, “su tierra que le vio nacer no acogerá sus cenizas ».

            En noviembre de 2010, con motivo de un encuentro científico celebrado en la Universidad de Rennes 2 sobre « Les failles de la mémoire », nuevamente se evocará la memoria de Antonio Seco cuya figura, cada vez más nítida, podrá irse precisando aún con el estudio de los años de formación del futuro escritor y periodista Antonio de la Serena : sus tiempos de estudiante en Badajoz, su primera producción literaria entre 1925 y 1934 (El dolor de la vejez, La tragedia de un novelista, La amada imposible, Una mujer, un hombre, una ciudad, La princesa Coralinda) y periodística en la prensa de Badajoz y, tras doctorarse en Filosofía y Letras, en la de Madrid en tiempos de la Dictadura de Primo de Rivera y de la II República. De la más íntima vivencia y del sentir de aquel « liberal, demócrata y católico que se ha pasado la vida sufriendo las consecuencias de esta triple desgracia » como escribiera a Miguel Delibes, tal vez se llegue a saber y entender más con la lectura de su abundante epistolario.

Esta fue, escuetamente resumida y evocada por un antiguo alumno y colega suyo, la vida y obra de Antonio Otero Seco, pero en el gran libro de la Historia habrá que dejar constancia de todo lo que lo humana e intelectualmente supuso la siempre discreta y como melancólica labor de formación y de divulgación del profesor y de un periodista intermediario cultural,  y su silencioso o público testimonio sobre unos valores democráticos y humanos conculcados por el Franquismo ; un ejemplo de dignidad en la adversidad.

            La insistente memoria de Federico García Lorca bajo la pluma de Antonio Otero Seco, dada a leer en el espejo de este libro, nos convida y obliga, más allá del afecto y de la admiración, a seguir exigiendo, para él y para todos los que quedaron transitoria o definitivamente silenciados u olvidados, una historia con memoria de sus doloridas experiencias y animosas actuaciones, y a luchar, obstinadamente, contra el insidioso peligro de la desmemoria.

                      

 

                                                                                             Jean-François Botrel

 

 

 



[1] “Recuerdo de Federico García Lorca” (1947), in : Antonio Otero Seco, Obra periodística y crítica, 1973, p. 367.

[2] Etudes ibériques, Rennes, Centre d'études hispaniques, hispano-américaines et luso-brésiliennes , 1968, pp. 557-566.

[3] « Victorina San José Otero », El Lazo. Publication del Centro Cultural Español de Rennes, n° 3 (février-mars-avril 2003), p. 3.

[4] En la placa colocada se puede leer lo siguiente : « Antonio Otero Seco/Cabeza del Buey (Badajoz), 1905/Rennes (1970)/ Republicano español exiliado en Francia,/escritor, periodista y crítico literario,/enseñó el español desde 1952 hasta 1970/ en esta universidad ».

[5] Otero Seco, 2008. Vienen estos dos sustanciosos tomos a suplir, en alguna medida, los anunciados en 1973 y no publicados,  dedicados a la obra periodística y crítica publicada en España y a la obra literaria  y poética.

[6] Antonio Otero Seco, Obra periodística y literaria, Rennes, 1973, p. 452.



Version en français

 

« Plus qu’être ou avoir été, l’important

c’est le futur humble et humaniste : Nous serons »

 

Antonio Otero Seco, « Carta a Antonio Palmero, pintor », In : Homenaje a Antonio Otero Seco, p. 110.

 

 

Dans les années 1960, Antonio Otero Seco était lecteur d’espagnol à la Faculté des Lettres de Rennes et pour beaucoup d’étudiants il fut le premier et presque unique contact authentique et continu avec l’Espagne, la langue espagnole et le monde hispanique.

            De lui on savait que c’était un réfugié espagnol, selon le terme alors en vigueur, qu’il avait fait un interview de García Lorca et qu’il écrivait toujours pour la presse.

            Vu par un étudiant, il semblait peu intégré dans l’université, plutôt solitaire, se rendant ponctuellement à la Faculté, de sa marche mesurée, les pieds légèrement en dehors et un journal plié à la main ou dans la poche de son pardessus,  le béret enfoncé sur la tête. Quand il arrivait au troisième étage de l’ancien Séminaire, par l’escalier réservé aux professeurs, on sentait parfois un essoufflement et une fatigue, comme résignée.

            Son allure attirait l’attention. Grand et mince, il portait toujours un costume, avec une mouchoir plié dans la poche supérieure de sa veste, qu’il sortait et remettait, d’un ample geste élégant de sa main aux doigts longs et soignés qui semblait tout droit sortie d’un tableau du Gréco. Comme un gentilhomme triste et mélancolique. De cette allure si particulière et de sa façon d’être, bienveillante et réservée à la fois, avec toute la distance cordiale d’un homme déjà mûr envers  des apprentis hispanistes plus enclins à fréquenter ses deux fils, Antonio et Mariano, on peut se faire une idée à travers les portraits que Mariano Otero fit alors de son père.

            Des cours magistraux qu’il faisait (qui dans d’autres universités étaient réservés aux professeurs titulaires), sur « Le métissage dans la littérature péruvienne » ou « Le libéralisme espagnol », par exemple, on conserve d’artisanaux polycopiés et d’abondantes notes et documents. Certains parmi nous avaient le droit à des cours quasiment particuliers donnés dans la bibliothèque d’espagnol (une ancienne cellule de séminariste). Don Antonio —c’est ainsi que nous l’appelions avec un respect emprunt de familiarité— les consacraient essentiellement à la traduction en espagnol de textes en français —une langue dont rien ne lui était étranger mais qu’il prononçait avec un accent bien espagnol. Chacun traduisait à son tour, et il donnait la solution correcte —qu’il avait l’habitude de répéter—, avec souvent de savoureuses digressions émaillées d’histoires drôles qui nous introduisirent dans la mémoire vive d’une Espagne que nous lirions ensuite dans les livres d’histoire. De son histoire personnelle il parlait très peu. Qui a pu alors réaliser toute la chance qu’il avait de pouvoir écouter des explications sur la civilisation espagnole ou sur le théâtre de Valle Inclán et Alberti et saisir toute leur richesse verbale ou leur contexte historique guidé par celui qui avait vécu cette époque et avait été le témoin et acteur engagé de la République espagnole ?

            Cet « exilé sans plainte ni amertume », comme l’écrivit Le Monde, mourut le 29 décembre 1970, “le soleil défunt sous les paupières” (Albert Bensoussan), et dans son définitif exil du cimetière de l’Est de Rennes —si loin de celui de Madrid—, seuls quelques collègues, de jeunes hispanistes et des compatriotes purent accompagner sa famille.

Sur la plaque qu’en 1971, à l’université de Rennes 2,  on apposa sur le mur de la bibliothèque d’espagnol qui désormais porterait son nom, on peut lire : « Antonio Otero Seco. Espagnol, libéral, républicain, né en 1905, il fut poète, journaliste et critique littéraire. Exilé en France, il enseigna l’espagnol dans cette université à partir de 1952 et mourut en 1970 de nostalgie, loin de l’Espagne ».

            De ce qu’avait été et de ce que fut Antonio Otero Seco, ce n’est qu’après qu’on a pu véritablement l’apprendre. A partir des hommages successifs que la communauté universitaire tint à rendre à sa mémoire, mais surtout grâce au travail persévérant de ses enfants, avant que les historiens de la littérature et de la Guerre civile et de l’exil espagnol ne commencent à étudier sa vie et son œuvre, la figure encore floue de l’homme, du père et de l’intellectuel a pu trouver des contours plus précis et  gagner en importance et notoriété.

            L’Hommage à Antonio Otero Seco de 1972, permit de découvrir le prestigieux réseau d’écrivains avec lequel le critique littéraire fut en relation: des écrivains de l’exil comme Sender, Corrales Egea, Luis Amado-Blanco, Jesús Izcaray et des écrivains de l’intérieur : Carmen Conde, Ana María Matute, Miguel Delibes, Francisco García Pavón, Angel María de Lera o Camilo José Cela, futur Prix Nobel de Littérature, qui mit en exergue dans la personne d’Otero Seco « le modèle d’intellectuel à outrance, d’un intellectuel qui ne vécut que pour le meilleur service de l’intelligence, en s’appuyant toujours sur l’arme de l’intelligence ».  Dans ces modestes pages, fut également révélé le poète d’Espagne seule et lointaine. Anthologie secrète (1933-1970), avec les poèmes inédits de Voyage au Sud (1933), Absence, Parenthèse souriante, Loin, Regard intérieur et Les yeux grand ouverts, où sont recueillis ses poèmes à Miguel (Hernández), a don Miguel (Unamuno), a don Antonio (Machado) et celui de 1937 à Federico (García Lorca) —« tu es absent, mais tu es près de moi », dit le poète—, mais aussi à sa sœur Jacinta et à sa mère, mortes loin de lui, ou « Aux espagnols morts en exil », « avec une carte d’Espagne gravée dans leurs pupilles ». Certains seront repris dans l’anthologie de J. et G. Colomer (1980), dans celle des poètes espagnols « entre mémoire et oubli»  (Peyrègne, 2000), puis dans l’anthologie poétique de la Génération de 1936 (Ruiz Soriano, 2005). 

            De ce qu’à l’occasion de cet Hommage écrivit Victoria Kent, directrice de la revue Iberia consacrée à New-York aux expatriés politiques, on put tirer les premières données biographiques sur celui qui était né à Cabeza del Buey (Badajoz) le 21 septembre 1905 et, qui, sous la Dictature de Primo de Rivera, « mit toute son énergie et sa jeunesse au service des idéaux républicains qui couvaient dans les esprits les plus jeunes » ; sur son activité politique et littéraire entre 1929 et 1939, son arrestation et sa condamnation à mort par un tribunal franquiste pour ses activités pendant la République, et la période de la clandestinité jusqu’en 1947, où, réfugié en France, il vécut modestement de ses collaborations dans la presse, avant d’accéder, en 1952, au professorat à l’Université de Rennes et à l’Ecole Supérieure de Commerce et au Collège littéraire de Nantes.

            Avec la collection, en 1973, de plus de 150 de ses collaborations dans des publications politiques, générales, littéraires et universitaires, de New-York, Porto Rico, Santiago du Chili, Bogotá, Guayaquil, México, Caracas et Barcelone, Madrid et Paris (dans Le Monde des Livres), on put commencer a reconstruire son travail assidu de commentaire de l’actualité française et espagnole, mais aussi son rôle d’intermédiaire culturel entre l’Espagne, l’Amérique Latine et la France, avec des articles consacrés à la littérature espagnole contemporaine, celle de l’intérieur et celle de l’exil, ou aux grands classiques : Galdós, Altamira, Machado, Menéndez Pidal, Gómez de la Serna, Juan Ramón, Baroja, Ortega y Gasset, Villalón, Casona, Valle Inclán, León Felipe, Azorín, et  García Lorca, dont il évoque le souvenir en 1947 (« Sa parole était une noria de feux d’artifices métaphoriques, un incessant lancer de flèches brillantes qui faisaient toujours mouche[1] ») et à plusieurs reprises par la suite, dans diverses études, comptes rendus ou lettres ici reproduites.  Certaines de ses collaborations, comme « Sur Valle Inclán et l’esperpento », « Souvenir de García Lorca » ou ses « Notes sur le caciquisme » sont de véritables monographies qui ont sans doute à voir avec ses enseignements à l’université où il publia en 1968 des « Notes pour un vocabulaire argotique de la mauvaise vie[2] », préfiguratrices d’un Dictionnaire de l’argot espagnol-français et français-espagnol qu’il préparait.

            Quand en 2004, à l’Université Rennes2-Haute-Bretagne, on célébra et honora de nouveau la mémoire d’Antonio Otero Seco, unie désormais à celle de Victorina San José, son épouse[3], celle qui en 1937 l’avait séduit « avec sa démarche de femme svelte », en lui dédiant un amphithéâtre[4] et un espace au sein de la bibliothèque universitaire, avec son portrait, on avait, enfin, commencé à revendiquer sa figure et son œuvre, dans sa terre et son pays d’origine : l’Extrémadure et l’Espagne,  dans le cadre du mouvement dit de récupération  de la mémoire historique.

            Avec les travaux de Gemma Mañá  (1995),  Mario Martín Gijón (2007, 2008, 2010), Juan Soro Abardía (2007, 2010, 2011), Gabrielle García et Isabelle Matas (2005) et Francisco Espinosa et Miguel Ángel Lama (2005, 2007, 2008) et l’édition par ces derniers d’une anthologie de son œuvre en 2008[5], on commence à percevoir d’autres facettes de sa production journalistique, celle publiée dans la presse républicaine entre 1936 et 1939, en tant que « journaliste tout terrain », comme le qualifient Lama et Espinosa (2008, I, 15), et chroniqueur du peuple de Madrid : dans Mundo Gráfico, dans La Voz dont il fut l’envoyé spécial sur différents fronts de la Guerre civile, dans El Sol, dans Política et d’autres journaux plus militants. Dans ces articles, apparaît clairement son intérêt précoce pour la célébration des grands noms de la littérature espagnole : Antonio Machado, Unamuno, Miguel Hernández, souvent accueilli dans sa maison de La Cova, près de Manises (Valence) où naît, en 1938,  son premier fils, Antonio, et Federico García Lorca qui lui accorda, le 3 juillet 1936, ce qui devait être son dernier interview (il fut publié en février 1937), et dont il se rappellera « le lumineux sourire qui faisait briller, comme un éclair de neige, ses dents magnifiques, en parfait contraste avec le teint basané de son visage[6] ». Mais ses articles sont aussi un émouvant et pérenne hommage à d’autres victimes de la répression : Antonio José, Martín Manzano, maire de Móstoles, Pedro Luis, le toucheur de bœufs de Badajoz, les « Hommes qui chaque jour voient la guerre », ou les « Héros populaires »  (Pedro Salas, Miguel y Rafael Sáez, Consuelo Rodríguez et Carmen Giménez, Luis Godoy, berger de la Serena) et tant d’autres hommes et femmes sans plus de notoriété que celle que le confère pour toujours la plume du journaliste, en imprimant leur nom dans la page d’un journal.

            Un journaliste qui se consacre également à la littérature de combat et à l’autofiction : Gavroche sur le  parapet (Tranchées d’Espagne), publié en 1937, « ni roman, ni reportage, tout simplement l’impression d’hommes qui ont vécu la guerre dans les tranchées. Rien de plus », selon ses co-auteurs, Elías Palma Ortega et Otero Seco —de fait, le premier roman de guerre publié dans l’Espagne républicaine— ; La vie entre parenthèses, inédit jusqu’en 2008, le récit de sa propre vie entre le 29 mars 1939 et octobre 1941.

            Sa vie publique et intime après 1939 ne peut évidemment être résumée par la froide et administrative expression : « réfugié espagnol ». Il faut comme pour toutes les victimes de la répression franquiste, faire connaître et comprendre ce que supposa pour lui cette si dure période, les vicissitudes, les angoisses et les souffrances d’un homme et de sa famille.

Emprisonné en 1939, accusé de « campagne journalistique particulièrement active conte le Mouvement national, d’apologie de la cause marxiste et d’incitation à la lutte armée contre l’Armée nationale », après un procès expéditif dit d’urgence (le n° 33 664), retracé para Lama et Espinosa (2008, I, 32-43), représentatif de la sinistre farce judiciaire franquiste, il est condamné à trente ans de réclusion —durant de longues journées il vivra en prison dans l’angoisse que la peine de mort requise par le procureur soit mise à exécution. Plus tard, en 1952, avec la collaboration d’Elena Dor de la Souchère, il retracera cette période de sa vie  dans un texte anonyme intitulé « Dans les prisons d’Espagne et dans la clandestinité »,  publié dans Les Temps Modernes (n° 79 et 80); une première version de La vie entre parenthèses. En octobre 1941, il sort du centre pénitentiaire de Dueso (Santander), sous le régime de liberté conditionnelle,  et peut rejoindre à Madrid son épouse Victorina et son premier fils. Dans le Madrid de l’après-guerre civile, où naissent ses enfants Mariano (1942) et Isabel (1944), il réussit à survivre d’emplois successifs et recommence à écrire : une série de biographies historiques dans Misión (une revue hebdomadaire pour le foyer), sous le pseudonyme de Luis Herrera, et trois œuvres théâtrales en vers représentées à Madrid et Barcelone sous le nom d’un de ses amis non concerné par l’épuration, outre des articles dans un journal clandestin, Democracia. Surveillé et arrêté à plusieurs reprises par la police en raison de son action militante dans un réseau clandestin de Résistance antifranquiste, se sentant comme « pestiféré », le 10 mars 1947, dans des conditions dignes d’un film, il s’enfuit d’Espagne et passe la frontière française, déguisé en prêtre.  Pour les autorités franquistes il est désormais un « fugitif » et pour celles de France, un réfugié. Secrétaire du Groupement des Journalistes Espagnols en exil, il voyage dans divers pays d’Europe (dans ses poèmes de Parenthèse on peut en trouver des échos très précis), il travaille comme ébéniste, manutentionnaire aux Halles, donne des leçons particulières d’espagnol, fait des travaux ce traduction pour l’ONU et l’UNESCO, etc. ; en 1948, il envisagera un moment d’émigrer au Guatemala, avec sa famille.

En 1952, les relations établies avec les hispanistes français, comme Jean Cassou et, plus spécialement, le recteur Jean Sarrailh avec lequel il put partager des solidarités maçonniques, feront qu’il pourra être nommé lecteur d’espagnol à la Faculté des Lettres de Rennes où, cinq ans plus tôt avait été créé un enseignement d’espagnol —et, à l’initiative de Josette Blanquat, avait été rendu hommage à García Lorca. A Rennes (« la ville du brouillard, du calme et de l’ennui ») et à Nantes, il va travailler comme « voyageur de commerce de la philologie ». A Paris où il retourne fréquemment (« le jour où je mourrai, que la Seine assiste à mon enterrement », demande le poète) et dans le vaste monde sont restés ou ont disparu tous ses amis. Là-bas en Espagne —« comme c’est triste de dire « là-bas » »— est restée sa famille (celle d’Ángel Ortiz, le pseudonyme sous lequel il est obligé de signer ses lettres) ; elle ne pourra le rejoindre qu’en 1956. Année après année, le docte professeur-journaliste va « essayer de montrer a (ses) élèves la vraie physionomie de l’Espagne et de ses gens », et, à travers ses collaborations dans la presse, de prouver que « l’Espagne est un peu plus que ce qu’en dit l’Espagne d’aujourd’hui et un peu moins que ce qu’elle prétend démontrer ». Une consolation pour lui aura pu être ce qu’il confie à son ami Azcoaga, le 3 octobre 1958 : « Mes élèves ont de l’estime pour moi. Ils me consultent. Ils ont confiance en moi ». Très tardivement, l’université française pourra reconnaître ses mérites en le nommant maître-assistant associé et en le distinguant avec une nomination dans l’Ordre des Palmes Académiques.

Mais pour être heureux, il lui manque le sol —la terre— et le ciel d’Espagne : « Nous ne nous habituerons jamais à d’autres horizons, pour aussi ressemblants qu’ils soient aux nôtres —ce qui est ton cas— et pour aussi accueillants qu’ils soient —ce qui est le mien », écrit-il depuis Rennes, en 1959, à son correspondant de Buenos Aires, Hermenegildo Casas.

Durant ces 23 ans d’exil de vie « si dure, si pleine d’amertume au quotidien, si prodigue en cendres », Antonio Otero Seco verra « le chemin se remplir de cadavres », mais il continuera à accompagner la résistance républicaine en exil, avec un temps, en 1958, la poignante illusion qu’il restait peu de temps avant que le retour soit possible dans des conditions dignes : « Nous reverrons le sol —la terre— le soleil et le ciel d’Espagne. Nous servirons à nouveau l’Espagne et, à nouveau, nous jouerons un rôle dans la reconstruction de l’Espagne. Tes enfants et les miens continueront notre tâche», disait-il au même Hermenegildo Casas en 1958. Mais, comme l’écrivit Luis Amado-Blanco dans l’Hommage de 1972, « sa terre qui l’a vu naître n’accueillera pas ses cendres ».

En novembre 2010, à l’occasion d’une rencontre scientifique sur « Les failles de la mémoire », celle d’Antonio Otero Seco sera à nouveau évoquée ainsi que sa figure, de plus en plus nette, qui pourra encore être précisée avec l’étude des années de formation du futur écrivain et journaliste Antonio de la Serena : le temps où il était élève à Badajoz, ses premières productions littéraires entre 1925 et 1934 (La douleur de la vieillesse, La tragédie d’un romancier, L’impossible aimée, Une femme, un homme, une ville, La princesse Coralinda) et journalistiques dans la presse de Badajoz et, après son doctorat, celle de Madrid sous la Dictature de Primo de Rivera et du temps de la II République. De la vie plus intime et de ce que ressentait ce « libéral, démocrate et catholique qui a passé sa vie à souffrir des conséquences de ce triple malheur », comme il l’écrivait au romancier Miguel Delibes, la lecture de son abondante correspondance jettera sans doute plus de lumière.

Telles furent, succinctement résumées par un de ses anciens élèves et collègues, la vie et l’œuvre d’Antonio Otero Seco, mais dans le grand livre de l’Histoire il faudra rendre compte de tout ce qu’humainement et intellectuellement supposa le travail plein de discrétion et comme mélancolique de formation et de divulgation du professeur et d’un journaliste « passeur », ainsi que de son témoignage obstiné, tantôt silencieux, tantôt public, sur les valeurs foulées aux pieds par le Franquisme : un exemple de dignité dans l’adversité.

Le souvenir insistant de Federico García Lorca sous la plume d’Antonio Otero Seco, donné à lire dans le miroir de ce livre, nous invite et nous oblige, au delà de l’affection et de l’admiration, à continuer d’exiger pour lui et pour tous ceux qui transitoirement ou définitivement furent réduits au silence ou encore oubliés, une histoire qui porte mémoire de leurs douloureuses expériences et courageuses actions, et à lutter, sans relâche, contre l’insidieux danger de l’oubli.            

           

 

Jean-François Botrel

 

 

 

 

 



[1] “Recuerdo de Federico García Lorca” (1947), in : Antonio Otero Seco, Obra periodística y crítica, 1973, p. 367.

[2] Etudes ibériques, Rennes, Centre d'études hispaniques, hispano-américaines et luso-brésiliennes , 1968, pp. 557-566.

[3] « Victorina San José Otero », El Lazo. Publication del Centro Cultural Español de Rennes, n° 3 (février-mars-avril 2003), p. 3.

[4] Sur la plaque apposée on peut lire ceci : « Antonio Otero Seco/ Cabeza del Buey (Badajoz), 1905/Rennes (1970)/Républicain espagnol exilé en France,/écrivain, journaliste et critique littéraire,/il enseigna l’espagnol de 1952 à 1970/dans cette université ».

[5] Otero Seco, 2008. Ces deux substantiels tomes se substituent, dans une certaine mesure, à ceux annoncés en 1973 et non publiés, qui devaient être consacrés à son œuvre journalistique et critique publiée en Espagne et à son œuvre littéraire et poétique.

[6] Antonio Otero Seco, Obra periodística y literaria, Rennes, 1973, p. 452.